En mi casa la Navidad no existía

Ni adornos, ni cuentos, ni rituales.

Solo la decisión práctica de no armar nada que luego hubiera que desarmar.

Años después, en Venezuela, apareció un gesto inesperado:
un pesebre mínimo, de barro cocido, puesto en la mesa de la cocina.

Nada más que eso.

Y aun así decía más que cualquier decoración navideña.

Era una escena tan silenciosa que obligaba a mirar hacia adentro.

Mucho tiempo después, en la Provenza en Francia, descubrí los santons, esas pequeñas figuras que las iglesias montan cada diciembre como escenas vivas.

Cada comunidad las organiza a su manera, como si reinterpretaran la misma historia con un acento distinto.

Allí entendí lo fundamental:

la Navidad no es tradición, es selección.

Eliges qué te sostiene y qué no.

Por eso este mensaje no es un “felices fiestas” en serie.

Esto es lo que te deseo:

que encuentres una pausa que te haga bien, una Navidad hecha a tu medida, sin expectativas ajenas ni ruido prestado.

La versión que te permita respirar un poco distinto este final de año.

Feliz Navidad.

Nos vemos pronto.